Los Augurios Romanos.

Cuando el Estado atravesaba una mala racha, solía suceder que los adivinos etruscos

eran convocados en Roma y las ceremonias volvían a celebrarse,

siendo desde entonces estrictamente observadas

(El emperador Claudio se dirige al Senado en el año 47 d.C para apoyar la creación de un colegio de arúspices).

Los romanos establecieron una “burocracia” de la adivinación. De esta manera los augurios se basaban en la idea de que el panteón de los dioses familiares controlaba los aspectos físicos del mundo natural y podía también, valerse de este para establecer comunicación con los muertos. Las señales se podían dar de manera natural pero también inducida (como soltar gallinas y ver sus pautas alimenticias). Había que contemplar estas señales/presagios para comprobar si estaban en consonancia con la voluntad de los dioses.

Los romanos, igual que los griegos, recurrían a sueños, oráculos y videntes inspirados para conocer el futuro, pero en el caso concreto de los romanos, hubo más interés en enterarse si una acción resultaría del agrados del dios relevante según el caso que fuera.

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Hígado romano de Piacenza, se trata de una reproducción en bronce de un hígado de cordero con las marcas correspondientes a las interpretaciones de los arúspices. Se examinaban cuidadosamente buscando señales. Imagen: adevaherranz.es

Los romanos heredaron de los etruscos los métodos de adivinación. Recordemos que Roma conquistó Etruria hacia el s. V a.C y a partir de entonces concedió la ciudadanía romana a los habitantes. Cierto es que los etruscos eran ya conocidos por sus artes adivinatorias y, a pesar de algunos recelos, los romanos se aprovecharon de la sabiduría de este pueblo. Existía un mito para explicar la capacidad profética de ellos: en una ocasión, en un campo cercano a Tarquinia, salió de un surco un niño prodigio llamado Tages. El niño estaba totalmente formado y tenía la cara de un anciano. Un labrador lo vio y quedose estupefacto, fue corriendo a contar la noticia, tras lo cual todos los vecinos fueron hasta el lugar para ver a ese niño-anciano. Tages expuso varios misterios, entre ellos los secretos de la adivinación, y los escribas etruscos los anotaron cuidadosamente para que no se perdiera ese conocimiento. Entonces el niño desapareció y nunca más se volvió a saber de él.

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Fresco pintado en el s.VI a.C, pertenece a la tumba etrusca de los augures en Tarquinia. En ella podemos apreciar un vidente rindiendo homenaje a las puertas del mundo subterráneo.

 

Los romanos, adoptaron y asimilaron la sabiduría de Tages y además, la pusieron al servicio del Estado, como ya se ha mencionado anteriormente. Se estableció así una distinción entre los auspicia que eran los mensajes del mundo natural que debían de ser descifrados y los prodigia, fenómenos extraordinarios que indicaban que algún dios estaba irritado y debía de ser apaciguados.

Los auspicios más importantes eran las señales que aparecían en el cielo, como rayos, tormentas o comportamiento de los pájaros. Los augures profesionales eran los encargados de interpretar estas señales. Cuando empezó la República habían solamente tres o cuatro pero ya con Julio César su número había aumentado a dieciséis. Portaban unas llamativas togas de rayas escarlatas ribeteadas de púrpura. Además, eran altos funcionarios del Estado. Por tanto, poseían un gran poder; antes de tomar una decisión se acudía a ellos y si declaraban malos augures, cualquier acontecimiento que se fuera a celebrar, hasta una guerra, se suspendía.

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Era en un recinto sagrado, el santuario o templum donde estos personajes realizaban sus tareas de adivinación sagrada. La profecía más famosa de toda Roma fue protagonizada por uno de ellos: se trata de la advertencia del arúspice Spurina a Julio César antes de su asesinato, en el año 44 a.C.

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Asesinato de J. César. Imagen: spitaletta.wordpress.com

 

El día de los Idus de marzo de ese año, se iba a celebrar en el Senado una importante reunión a la que se preveía la asistencia de César. Poco antes de la fecha señalada para este acontecimiento se observaron varios presagios negativos: en el Foro entraron unas aves salvajes y en el cielo se había visto una lucha feroz entre animales. Así pues Spurina examinó el hígado de un toro sacrificado y vio que estaba totalmente deformado, alarmado, avisó a César de que algún mal se avecinaba y que debía cuidarse. Pero este no hizo caso y fue al Senado, el resto de la historia, todos la conocemos…

Para finalizar, podemos decir que los romanos veían señales en cualquier mínimo suceso cotidiano, esto es, tropezar, estornudar, derramar sal…

¿Qué me decís? ¿Seguimos siendo supersticiosos? ¿Seguimos viendo “una señal”?

Yo creo que sí 😉

 

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